Templos, monos y palmeras

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Durante nuestro último fin de semana en India se ha producido lo que podríamos llamar el colofón del rodaje. Por recomendación de los voluntarios de la Fundación y acompañados por algunos de ellos, hemos ido a visitar Hampi, un sitio lleno de ruinas de templos hindúes construidos por la dinastía Vija…, Vija…, ¡Vijayanagara! Pero Hampi no es sólo eso, es también un lugar paradisíaco, casi el arquetipo de lo paradisíaco: palmeras, arrozales, bungalows y un río que serpentea plácidamente entre montañas que son “como si alguien hubiera dejado caer al suelo un puñado de piedras”, en palabras de Dunia Beltrán, colaboradora personal de Vicente Ferrer y una de las personas más inteligentes que he conocido últimamente.

Tras viajar toda la noche (el “Hampi Express” sale de Anantapur a las 3 de la madrugada), estamos bastante cansados, lo cual contribuye a incrementar la sensación de estupor que nos produce lo que vemos. Nada más llegar cruzamos el río y nos vamos a desayunar al restaurante “El Buda sonriente”, un local con mesas casi a ras de suelo y colchonetas en lugar de sillas. Nos estiramos, desayunamos, casi nos dormimos…ya estamos en sintonía con Hampi y su estilo shanti shanti, que es como decir “tranqui, colega”, pero en hindi.

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Pero el deber nos reclama, la cámara se encabrita entre las manos de Carlos, así que, tras dejar nuestras cosas en el Hotel Mowgli (sí, sí, como el protagonista de “El libro de la selva”), cruzamos de nuevo el río y nos vamos al templo de Viru…, Viru…, ¡Virupaksha!, que es el edificio principal de este complejo y está en plena actividad religiosa. A la entrada del recinto un elefante sagrado bendice a los visitantes a cambio de unas pocas monedas que recoge hábilmente con la trompa. Alba y Nuria cumplen con el ritual, lo mismo que Laura, María, Meritxell y Sandra, las voluntarias de la Fundación que las acompañan. Después, el grupo realiza la visita de rigor a las diversas capillas y estancias del templo, mezclados con el resto de visitantes y de los devotos hindúes. En una de las capillas más pequeñas, un sacerdote celebra una puja (ceremonia religiosa hindú) para el grupo: lee los textos sagrados, les da a comer los granos de azúcar y el pastelito y les bendice, poniendo un punto de color en su frente, el Ajna Chakra. El entusiasmo de Alba se refleja en su rostro y la empuja a iniciar una conversación en hindi con el sacerdote que, verdaderamente sorprendido de escuchar a una occidental hablando en su idioma, le contesta medio embobado.

La visita ha llegado a su fin y abandonamos el templo en silencio, con la sensación de que algo muy especial acaba de suceder.

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